Antonio Gualda Jiménez
Un pequeño puerto de la geografía sur española, zona oeste del Mediterráneo. Un buque trasatlántico (que más parecía ser una fragata, debido a sus reducidas dimensiones) se disponía a zarpar.
-¿Es nuestro este barco? -preguntó María C. de Mila.
-No, hija; es de tío-abuelo Eduardo. Ya sabes que es muy rico. ¡Es nuestro tío rico que vive en América! ¡Ja, ja, ja...!
Arturo se tomó un respiro, después de proferir la carcajada. Repuesto de los efectos somáticos (atribuladas sacudidas espasmódicas) producidos por la misma, y acariciando el perro faldero que le acompañaba -después de que todos sus huesos volvieran a encajarse en sus cuévanos carnales de origen-, continuó dirigiéndose a la niña:
-Mandó que se lo construyeran a su gusto. Fíjate: el casco es de acero; del más noble. Las calderas tienen la misma potencia que las que poseen los grandes buques... Las velas, querida, no son de utilidad alguna; pero él, viejo romántico, quiso que las instalasen para dar al barco el ilustre aspecto de una antigua fragata...
La niña, algo distraída, escuchaba. Jugueteaba con unos recipientes de vidrio que contenían diversos frutos y raíces. Otros encerraban, mimosamente, acariciadores líquidos. 
-Ha sido muy gentil al invitarnos a efectuar con él su viaje de regreso a América, después de la tournée (sic, ¿O. K.?) que ha realizado por las costas europeas -prosiguió el risueño caballero mientras se atusaba su generoso bigote-. No debes importunarle; es muy mayor para soportar los juegos de una niña.
-Sí, lo sé. Descuida -asintió la pequeña criatura de diez años.
-Ya se mueve el buque -la desgastada voz de tío-abuelo Eduardo (anciano personaje de cuerpo enjuto y de nervio ajustado) se dejó escuchar.
Arturo C. and D. Vino y Respondió le saludó:
-Hola, Eduardo; espero que te encuentres bien esta mañana. El viaje será bastante largo.
-¡Oh, querido sobrino! ¡No debes preocuparte! No he dejado de viajar en las últimas décadas. Aunque cierto es que, desde que mi padre adoptivo me enviase a estudiar a Europa, mis viajes no han sido tan largos como éste; ni mucho menos.
Arturo quedó en respetuoso silencio. No podía explicarse cómo se las arreglaba el hermano mayor de su fallecida madre para sostener la vida que llevaba.
"¡Es tan..., tan especialmente anciano...!".
-¡Sé lo que estás pensando, pillín! -a sus cuarenta y dos años, a Arturo le sorprendía que se le dirigiese alguien tratándolo como si fuese, aún, un travieso mozalbete- Mira: yo siempre digo que estoy apuntado a los cien años. ¡Con derecho a prórroga! ¡Ja, ja, ja, ja...!
"¡Qué extraña cosa! Ha sobrevivido a terribles depresiones nerviosas, a horripilantes borracheras... Y, sin embargo, ahí está; con más vitalidad que nunca. ¡Hasta se le ha borrado del rostro el famoso tinte de melancolía que -al decir de mi difunta madre- tenía!".
-Estamos cogiendo velocidad.
-Sí, hija.
"¡Pobre Arturo! ¡¿Cómo puedes pensar que esta niña es hija tuya?!".
Los tres, situados sobre la barandilla de proa, contemplaron el deslizamiento del buque sobre las cálidas aguas del Mediterráneo.
Pronto estaremos en Atlántico abierto.
-¡Resulta fascinante, Eduardo! ¡Majestuoso!
-Ya te lo dije, querido Arturo. Este buque es muy moderno. Acabamos de entrar en el siglo XX. ¡Estamos en mil novecientos uno!
-Este viaje es el mejor regalo que podías haberle hecho a María. Siempre lo recordará como la cosa más excitante que le pudiera haber ocurrido con diez años de edad.
La niña, ajena a este comentario, se afanaba en saborear un poco de zarzaparrilla -elaborada por ella misma- que contenía un pequeño frasco.
-En realidad, espero que resulte excitante para los tres. No tendremos tiempo de aburrirnos. Yo os lo prometo.
El jovial anciano se alejó entre alegres contoneos, acompañados por los suaves vaivenes del barco.
"Tiene una personalidad extraordinaria. ¡Lástima que, contando su edad, éste pueda resultar su último viaje!".
Después de efectuar una pequeña escala en las Azores, el buque entró, de lleno, en el océano.

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Los dos pasajeros se encontraban en el camarote de tío-abuelo Eduardo. Éste, después de mirar su reloj de bolsillo, se dirigió a su sobrino.
-Ordené al capitán que nos hiciera bajar hasta el punto de intersección entre el meridiano treinta y el paralelo de la misma numeración y que siguiésemos fielmente la ruta que marca dicho paralelo. 
-¿Estás seguro de que esa ruta no nos traerá problemas...? Me refiero a las corrientes marinas y a los vientos... -Arturo pareció algo preocupado.
-Este barco está preparado para cualquier contingencia que pudiera presentársele. No olvides que está construido con los mejores materiales y que contamos con los más avanzados medios técnicos. La era de los naufragios ocasionados por corrientes o por vientos ha terminado..., ¡para los buques como éste, quiero decir!
Arturo asintió, aunque no dejaba de sorprenderse ante la arrogancia del viejo pariente. Pero el recuerdo de las antiguas rutas de navegación y la partición que de éstas hicieran España y Portugal le impedían relajarse.
-¿No habremos de bajar, pues, hasta las islas de Cabo Verde?
-¡Oh, Arturo! ¡Eso pasó a la historia! Lo único que este barco podría temer sería la subrepticia aparición de un témpano de hielo... Pero, cuando llegan a estas latitudes, los icebergs se han convertido, ya, en agua. Así que no hay que temer por ello.
Y, cambiando el tercio, prosiguió. 
-Una vez hayamos llegado al meridiano sesenta, viraremos unos treinta grados a babor para que, siempre en ruta rectilínea, emboquemos el puerto de La Habana... Para ello, habremos de cruzar el Trópico de Cáncer. Entonces, sólo tendremos que efectuar unas ligeras maniobras, cuando atravesemos el archipiélago de las Bahamas -miró a los ojos de Arturo-. Nada de cuidado, naturalmente.
El sobrino estudiaba las cartas marinas con detenimiento. Desechados los posible peligros que pudiera acarrear una ruta equivocada, se centró en otro punto que se le presentaba inquietante. Una ligera sombra había aparecido en su rubicundo rostro.
-Tío, disculpa mi insistencia, pero ¿no resultará peligroso recalar en Cuba, en los agitados tiempos que corren en la isla? Las noticias que llegan a Europa provocan el continuo sobresalto...
-No, para nosotros. Veras: tengo muy buenos amigos allí. Y -respiró profundamente- quisiera despedirme de ellos, pues quizás no vuelva a tener la oportunidad de verlos. En cuanto a la seguridad, he de decirte que mis amigos pertenecen a todas las clases, ya sean las sociales, ya, las étnicas... Los tengo entre los estadounidenses, entre los españoles que aún quedan y entre los criollos... Incluso, entre los que quieren formar un nuevo gobierno independiente. Habrás de saber que conozco a Tomás Estrada...
-¿Estrada Palma? -Arturo no daba crédito a lo que estaba escuchando.
-El mismo. ¡Oh, eso no debe causarte extrañeza! Si te digo que he frecuentado la isla en los últimos veinte años, quizás comprendas que soy buen amigo de casi todo el mundo, allí. Ya sabes que yo no me he dedicado a los asuntos de la política. En realidad, esas disputas por hacerse con el control de la isla siempre me han parecido estúpidas. 
-Claro; la supremacía que ejercen los Estados Unidos sobre Cuba te resguarda a ti, que eres americano. Pero no, a la niña y a mí. Máxime, cuando nosotros somos españoles... Presumo que no seremos muy bien recibidos... 
-Yo soy vuestro salvoconducto, porque vosotros venís conmigo. Además, de cualquier forma, no es tan acerado el enfrentamiento que pueda existir entre los dos países colonizadores, una vez se ha solventado la cuestión del poder político...
"Mediante la reciente guerra. ¡No es que eso resulte ser un alivio, precisamente!" -Arturo escuchaba, con aparente calma, a su confiado tío.
-La gente corriente, por otra parte, no se fijará en si eres americano o español. Tampoco, en si eres criollo europeo o africano. Ni en si eres un negro procedente de los tiempos de la esclavitud.
"Permaneceremos unos días en La Habana y, después, embarcaremos de nuevo para dirigirnos a Nueva York. Lo haremos, ya, casi bordeando la costa este de los Estados Unidos. Allí concluiremos el viaje. Podréis permanecer conmigo durante un par de meses. Tenéis pagado el retorno, que efectuaréis en el mejor trasatlántico comercial".
La embarcación llegó, sin novedad, al meridiano sesenta. Entonces, se efectuó el viraje previsto.
-Más que por otra cuestión, procedemos de esta manera para evitar las Bermudas. Ya debéis conocer lo que se cuenta sobre ellas.
-¿Lo del "Triángulo..."? 
-Eso es. Se trata de lo único que podría poner en peligro a esta sofisticada nave, que puede vencer a los elementos naturales, pero no podría luchar contra desconocidos hechizos y encantamientos.
-¿Tú crees en esas cosas? Pensaba que eras más racionalista.
-¡Y lo soy! Pero es mejor estar precavidos. Nunca se sabe...
"Parece que sí crees en esa clase de patrañas. No temes a un posible naufragio, causado por la errónea elección de una ruta marítima; tampoco te asusta meterte de lleno en el avispero en que se ha convertido Cuba. Sin embargo, te arredras ante la posibilidad de que "El Triángulo de las Bermudas" nos engulla... No me preocuparía si sólo se tratase de mí y de ti; pero es que en este mismo barco viaja mi pequeña María...".
-Te has quedado muy pensativo...
-¡Oh, no es nada! -mintióle el prudente Arturo.
La niña apareció acompañada por el tranquilo perro doméstico.
-He hecho un par de litros de zarzaparrilla. ¿Queréis probarla? -el perro faldero le lamía el dobladillo del vaporoso vestido- He oído que pasaremos por el trópico, ¿no? ¿Podré buscar raíces, rizomas y frutos de zarzaparrilla para probar nuevos sabores en mis refrescos?
-Sí, claro que podrás hacerlo. Nadie te impedirá que hurgues en los suelos americanos, en busca de suculentos tallos subterráneos...
-He leído, en el libro que me regalaste junto con los frutos y las raíces, que la zarzaparrilla crece, bajo el suelo, sin clorofila...
-Es natural, pues, al no tomar el sol, no puede producir el fenómeno conocido por fotosíntesis. Pero eso no impide que sus rudimentarias hojas, así como sus yemas soterrañas, sirvan para tus experimentos.
Los dos hombres engulleron, cada uno, un vaso de la refrescante bebida que había preparado María C. de Mila.
-Esta niña se está convirtiendo en una verdadera experta -continuó diciendo tío-abuelo Eduardo Alampóu-. Cada brebaje que prepara sabe de mejor manera. Supongo que, de mayor, estudiará botánica, en particular, y farmacia, en general, ¿no? -a la pequeña le brillaron los ojos- Bien; voy al puente de mando a precisar algunos detalles con el capitán.
La noche había caído sobre el potente navío, que continuaba su andadura con firmeza. Los rayos de luz solar que reflejaba la luna, suerte de frontón para improvisados pelotaris, iluminaban su cubierta.
"El músculo duerme" -ensoñaba Arturo, privilegiado invitado de su tío Eduardo. 
"El indómito indiano, al decir de mi difunta madre, descansa en la noche".
María C. de Mila se encontraba dormitando sobre la litera que había situada frente a la que ocupaba Arturo. Las manos de la niña sostenían una pequeña gavilla de raíces.
El perro, dando furtivas cabezadas y emitiendo suaves ronroneos, guardaba la entrada del camarote. Las agujas del preciado reloj de bolsillo del invitado se movían con dificultad por la artística esfera del pequeño artefacto.
El apaciguado runrún que salía del gaznate del can se preñó, súbitamente, de sonora inquietud. Arturo despertó, al crujir de las cuadernas del barco...
"¡¿Qué...?! Pero si este navío posee un casco de acero. ¡¿Cómo es que suenan los chasquidos del armazón propio de un buque de madera?!". 
Una dulce voz infantil interrumpió sus pensamientos.
-Bebe un poco de este elixir. Lo he preparado, especialmente, para ti.
Arturo entreabrió los ojos.
El runrún del perro se estaba tornando sorprendentemente agresivo.
-Bebe; anda, bebe...
El camarote se balanceaba con violencia progresiva. Los objetos que contenía iban, de un lado para otro, rebotando en cada uno de sus costados al frenético ritmo que marcaban las manecillas del reloj de Arturo.
-Bebe, por favor...
"¡Es una pesadilla. Algo ha debido sentarme mal...!".
El tic-tac tornóse ensordecedor. Arturo alargó una mano, como buscando el reloj. No pudo encontrarlo. La imagen del mismo se proyectaba, enorme, sobre el tabique de enfrente. Era un recorte sobre la fiera luz lunar que penetraba en la estancia a través de las claraboyas.
-Parece ser el reloj del tío Eduardo...
"¡Las paredes del camarote...! ¡No eran de madera, cuando embarcamos!".
-Toma, bebe... Bebe, por favor... 
De la sombra chinesca que proyectaba el reloj se desprendió la imagen de un soberbio péndulo que marcaba, siniestramente, sus particulares segundos. Avanzaba, en lúgubre balanceo, hacia el desconcertado ocupante del camarote de invitados. 
El perro faldero, con apariencia de feroz sabueso, se echó sobre el vientre del sorprendido varón y comenzó a lanzarle violentas y certeras dentelladas, sin que Arturo pudiese efectuar ninguna acción de defensa. 
-Toma... -la voz de María era dulce-. Bebe de aquí. Te he preparado dos refrescos con distinto sabor. Anda, bebe...
Advirtió la tierna imagen de la niña, que le brindaba dos vasos de vidrio llenos de líquidos de diferentes colores. Tomó, ansiosamente, uno de ellos. Quizás la bebida le aligerase la digestión y el mal sueño terminase.
De un trago, se bebió la mitad del contenido del vaso. Al retirarlo para tomar aire pudo leer una inscripción grabada en el vidrio.
"¡Jarabe de Arsénico!".
Dirigió la mirada hacia el otro recipiente.
"¡Ácido Cianhídrico, Elixir! ¡Eso..., eso es cianuro!".
-Bebe de este otro -la voz de la niña se había tornado áspera y sus manos le rociaban la cara con los restos del jarabe de arsénico.
El sabueso proseguía dentelleando sus entrañas y el péndulo se cernía sobre su cabeza, presto a hendirla con dureza.
"¡María! ¡¿Qué te ha pasado en la cara, hija...?! ¡Parece que tengas el rostro de una..., de una momia con trescientos años de edad...!".
-¡Exacto, Arturo! -la voz cavernosa de tío-abuelo Eduardo se dejó oír- ¡¿Ya no recuerdas aquel viaje que hicimos en mil seiscientos uno?!
-¡¿Viaje...?! ¡¿Qué viaje?! 
-Regresábamos a Europa en este galeón. Tú, la niña, yo... y el resto de la familia. En la bodega llevábamos un valioso tesoro que habíamos expoliado en las Indias... 
-¡Yo no estuve nunca en América...! -las vísceras menores de Arturo se estrellaban contra las paredes del camarote- ¡Nunca fui a las Indias!
-¡Tú hiciste aquel viaje con nosotros, maldito! ¡Nos asesinaste a todos y después echaste nuestros cadáveres por la borda! Justo en el punto del Atlántico sobre el que nos encontramos. Todas las riquezas fueron para ti. 
-¡Tengo cuarenta y dos años y estamos en mil novecientos uno...!
-¡Oh, querido! Es cierto lo que dices acerca de la fecha que corre; pero ¡te crees demasiado joven! ¡Yo diría que trescientos años más joven!
-¡Sujeta al perro...! ¡Ah, mis testículos!
-Acabaste con nuestros cuerpos; pero no, con nuestros espíritus... ¡Ahí tienes a la que crees que es tu hija...! ¡Mi pobre y vieja nieta, en realidad!
-¡Pero, si yo...! -a Arturo, la voz se le había atiplado de manera significativa.
-¡Por cierto, querido sobrino!: Yo no vivo en América; ¡yo moro cerca de América!
-¡N..., no... te... 'ntiendo...!
Su voz se apagó, pues, en ese momento, la acción del veneno ingerido, unida a la de los mordiscos que le lanzaba el sabueso y a los tajos del péndulo, segaron su vida para siempre. Mas aún tuvo tiempo para poder contemplar cómo, a través de las claraboyas del camarote, un virulento haz de tentáculos vegetales abrazaban el barco, llevándoselo a lo más profundo del Mar de los Sargazos.
-¡Oh, no debes preocuparte, querido Arturo! ¡No nos ocurrirá nada malo en La Habana...!

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(Advertencias: Si algún lector ha pensado que los personajes de este relato se corresponden con los de Edgar Allan Poe, Arthur Conan Doyle y Agatha Christie, sepa que está, de plano, severamente equivocado. Veamos por qué:
Acerca de Eduardo Alampóu:
Éste contaba trescientos noventa y dos años en mil novecientos uno, y no, noventa y dos, como los habría contado el escritor Edgar Allan Poe en caso de haber seguido vivo hasta esa fecha.
¿Era americano, realmente, Eduardo Alampóu? Nadie está en condiciones de poder afirmarlo, aunque parece que ¿no?
El antes citado escritor se llamaba Edgar, cuya traducción al español no es, precisamente, Eduardo. ¿De acuerdo?
Entonces: ¿cómo habría de ser el personaje de este relato el mismísimo Edgar Allan Poe?
Acerca de Arturo Con and Doyle Vino y Respondió:
Otra casualidad de la vida puede que haya propiciado que alguien se haya acordado de Sir Arthur Conan Doyle. Bien: está muy bien rememorar a uno de los principales autores de la novela de misterio, pero nada más. Arturo era de nacionalidad española, como así lo demuestran su nombre y su segundo apellido compuesto (Vino y Respondió). No hay más que decir.
Acerca de María Clarisa de Mila:
Una preciosa niña rubia española, no inglesa. Aunque tuviese trescientos diez años en mil novecientos uno -tres siglos justos más vieja que Agatha Christie- y llegase a desaparecer en las aguas del Atlántico, la niñita en cuestión no era, tampoco, tal escritora (cuyo nombre verdadero fue Mary Clarissa Miller; es decir: distinto del de María Clarisa de Mila), aunque la novelista desapareciese, también, por algún tiempo.
Luego, tampoco, el personaje de María Clarisa de Mila tiene, ni tuvo, nada que ver con la célebre autora británica).

(Fin del relato: "Un trasatlántico, en particular", de Antonio Gualda Jiménez)

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* COMENTARIO DEL AUTOR: Querido lector, querida lectora: en mis relatos, en mis novelas, en mis narraciones, nada es, en principio, lo que aparenta ser.
No te desesperes, si has de dar dos o tres lecturas a este relato, para encontrar todas las claves del mismo.
Me conformaría con que te agradase, simplemente, por su primera lectura...

 
Un feliz nocturno - Crímenes en la Vega - Un trasatlántico, en particular
 

agualda2@supercable.es

 
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